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Este hombre habría muerto, pero las infusiones de fagos le salvaron la vida

Este hombre habría muerto, pero las infusiones de fagos le salvaron la vida

agosto 11, 2017

Tom Patterson habría muerto durante esas semanas, en marzo de 2016, cuando yacía comatoso, con una cepa letal de bacterias con resistencia multifármaco que le recorría todo su cuerpo. Los antibióticos no resultaron eficaces y los doctores no tenían esperanza. Le estaban perdiendo.

Habría muerto, pero no fue así. En cambio, en medio de la desesperación, un novedoso enfoque – administrar infusiones de virus que matan bacterias, conocidos como bacteriófagos- le salvó la vida.

“No hay duda de que, sin estos fagos, no estaría vivo hoy”, afirma.

Patterson, de 70 años, es un investigador del SIDA y profesor de psiquiatría de la Universidad de California en la Facultad de Medicina de San Diego. Se enfermó por primera vez en noviembre de 2015 cuando estaba de vacaciones en Egipto con su esposa, Steffanie Strathdee, de 50 años. Empezó a padecer dolor abdominal, fiebre, náuseas, vómitos y pulso acelerado. Los doctores que allí le vieron creyeron que se trataba de una pancreatitis, una inflamación del páncreas, pero se fue agravando, incluso con tratamiento.

Después de unos días, fue trasladado a Frankfurt, donde los médicos le encontraron un pseudoquiste pancreático, una acumulación de líquido alrededor del páncreas, de la mitad del tamaño de una pelota de fútbol. Después de drenar y cultivar el fluido, los doctores de Patterson descubrieron que estaba infectado con una cepa con resistencia multifármaco de Acinetobacter baumannii, una bacteria habitualmente mortal.

El 12 de diciembre de 2015, fue trasladado por avión a la unidad de cuidados intensivos del hospital de San Diego de la UC. Mientras estuvo allí, el drenaje diseñado para localizar su infección falló y las bacterias entraron en su abdomen y en el flujo sanguíneo. Experimentó el primero de varios episodios de shocks sépticos, una afección en la que la presión arterial desciende y no permite que la sangre llegue a los órganos. Entró en estado de coma, que le duró casi cuatro meses.

Recuerda muy poco de ese período, excepto que sufrió alucinaciones constantes. “Pensaba que estaba en un horno de asar, dando vueltas una y otra vez, o en el desierto bebiendo arena”, recuerda. “Me sentí consumido por el dolor”.

Explica que también podía escuchar a su esposa hablar con él a través de la niebla. Los médicos le dijeron que se preparara para su muerte, pero ella no estaba dispuesta a darse por vencida. “Sabía que él estaba realmente cansado, y le dije que le entendería si quería marcharse, pero le pedí que me apretara la mano si quería seguir luchando”, explica. Él le apretó la mano.

Strathdee, la responsable del Global Health Institute en la UC San Diego, decidió explorar alternativas. Había estudiado los bacteriófagos en la universidad, y conocía que un amigo de un amigo suyo había sido tratado con éxito con terapia basada en los fagos en la antigua Unión Soviética. Planteó esta posibilidad al médico de Patterson, Robert T. Schooley, jefe médico de enfermedades infecciosas de la UC San Diego. Éste le respondió que estaba dispuesto a intentarlo.

Se pusieron en contacto con el Centro de Tecnología de Fagos de la Universidad A & M de Texas y con el Centro de Investigación Médica de la Marina de los EE. UU. Ambos habían estudiado los fagos y tenían “bibliotecas” de fagos. Schooley envió cepas de la bacteria de Patterson a cada uno, con la esperanza de que pudieran encontrar sus fagos específicos.

Puesto que la terapia basada en los fagos no está aprobada para su uso generalizado en este país, Schooley también se puso en contacto con la FDA, quien puede autorizar tratamientos experimentales en los casos donde no hay alternativas posibles.

Los funcionarios de la FDA “estuvieron de acuerdo con este enfoque, dado el punto al que había llegado Tom con su enfermedad”, explica Schooley.

Los médicos que atendían a Patterson usaron combinaciones de nueve fagos diferentes para tratarle, todos ellos dirigidos a la bacteria específica. Los fagos fueron proporcionados por A & M de Texas, la Marina y AmpliPhi Biosciences, una empresa de biotecnología de San Diego.

Los primeros fagos llegaron de Texas unas 48 horas antes que las muestras de la Marina. El 15 de marzo de 2016, los médicos administraron las primeras cepas directamente en el lugar de la infección original a través de los drenajes que Patterson ya tenía en el abdomen. Cuando llegaron los fagos procedentes de la Marina, los médicos decidieron administrarlos por vía intravenosa para que pudieran circular por el flujo sanguíneo, llegando a otras partes del cuerpo.

Dos días después, Patterson se despertó. Todavía no podía hablar, pero reconoció claramente a Carly, su hija adulta, que estaba al lado de su cama.

“Fue sumamente gratificante”, explica Schooley. “Tras conocer a Tom durante una década, era tanto mi paciente como mi amigo. Como médico, intelectualmente fue tan emocionante ver que este enfoque había funcionado. Como amigo, fue escalofriante tenerle de nuevo entre los vivos”.

Tuvo que pasar por una larga y ardua recuperación. Había estado nueve meses en el hospital, lo que le pasó factura. Un hombre corpulento, aunque con sobrepeso, de 1,96 m antes de su enfermedad, perdió 45 kg. y toda la masa muscular durante su hospitalización.

“Miré mi brazo y era literalmente hueso”, recuerda. “Me sorprendí en lo que me había convertido. Me subí la bata y me había encogido. Tuvieron que enseñarme a tragar, a hablar. Tuvieron que levantarme de la cama. Pasó un mes hasta que pude sentarme, y otros tres meses hasta poder caminar 9 metros sobre una superficie plana con ayuda de un andador”.

Fue dado de alta para volver a casa el 12 de agosto. Después de meses de fisioterpia, ahora ha vuelto a trabajo. Puede caminar hasta dos millas (algo más de 3 km.) paso a paso. “Todo el mundo están sorprendido con mi recuperación, aunque todavía no estoy al 100 por cien”, dice.

Pero está vivo.

“No hubiera durado dos semanas más”, comenta. “Para obtener este tratamiento, tuve que estar casi muerto. La terapia de fagos ha sido realmente un milagro para mí. Nos estamos quedando sin recursos para combatir estas infecciones causadas por superbacterias, y espero que mi experiencia ayude a avanzar en esta dirección. Por lo que pasé no fue nada envidiable. Aunque ha sido un verdadero privilegio si significa que millones de personas pueden curarse usando este tratamiento en el futuro”.

Pincha aquí para leer el artículo original publicado en el Washington Post por Marlene Cimons (2 de julio).

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Posted : 2017 , Noticias